“De la Cataluña antifranquista a la República Catalana- Viaje al lugar de sus ancestros-II

Jose Molina Ayala Historias de la ciudad, la ciudad y las personas, Relatos 4 Comments

II

Viaje al lugar de sus ancestros

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Archena-Puente de Hierro

Con el cúmulo de vivencias que anidaban en su memoria personal que le hacía ser quién era, José Ramón volvía a visitar el pueblo de sus ancestros, quería mantener los vínculos con aquella tierra, sentir la realidad que se vivía en aquel lugar y trasladar lo que se estaba viviendo en Cataluña. Tarea difícil, la influencia mediática fue muy intensa y contínua durante años y la versión oficial de los telediarios era casi indestructible, pero había que intentarlo.

Al salir de las Estación de Sants en el Talgo de las doce del mediodía con destino a Murcia, los recuerdos lo trasladaban a su más pura infancia cuando el tren “El Sevillano” salía de la Estación de Francia de Barcelona para conducirlos a Archena, cuando en algunos periodos vacacionales acudían a aquella zona de la España rural donde el Río Segura nutría la verde y esplendorosa huerta murciana con sus árboles frutales de limones, albaricoques, y donde sus amables gentes instaladas en sus tradiciones ancestrales los acogían en sus humildes hogares pintados decorosamente, sus habitaciones con sus jofainas limpias, ofreciéndoles sus típicas comidas de arroz con conejo o potaje murciano. Esa España rural y pobre de la postguerra y ese pueblo de casas blancas y mujeres de luto, con su puente de hierro sobre el Río, sus acequias con sus lodos, las norias y las huertas de frutales; los cañaverales que bordean la ribera del río; el Balneario inundado de palmeras, esos recuerdos aparecían con todo su esplendor durante el trayecto al tiempo que los paisajes de las montañas de Castellón, los campos frutales, las ruinas de Sagunto, los naranjos de Valencia, llegaban y pasaban de manera fugaz en una frecuencia de imágenes que se sucedían una a otra.

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Desde los primeros viajes a Archena, habían pasado muchos años, más de sesenta. Los viajes en aquel tren  que teñía el aire con un denso color negro y en ocasiones tiznaba los compartimientos y los rostros de los viajeros apoyados en asientos de madera, donde compartían sus fiambreras y botas de vino en las largas horas de viajes, aparecían en su memoria curtidos por el paso del tiempo. El Talgo ahora hacía un recorrido diferente al Sevillano. En aquellos años el tren se introducía en la provincia de Albacete, llegaba siempre de noche a la estación de Chinchilla, donde esperaban largas horas al tren que venía de Madrid en dirección a Murcia en unos de los bancos de la estación donde su madre lo abrigaba y abrazaba para protegerlo del frio polar de aquel lugar de la meseta castellana.

La distancia de seiscientos quilómetros que separaban Barcelona de Archena, se hacía eterna en aquel tren El Sevillano, pero la lejanía no solo era métrica, en la infancia y adolescencia percibía dos mundos distintos en cuanto a sus costumbres, cultura y sus propias realidades. La Cataluña industrial, con un movimiento obrero arraigado y una historia anarquista muy importante, una burguesía catalanista que miraba hacia Europa, una arquitectura modernista, un lugar de vanguardia en el arte y la cultura y unos barrios obreros alejados del centro de la ciudad y en general un tejido social y cultural muy articulado en barrios y pueblos. Y una Murcia rural y campesina, dominada por el caciquismo, con las tradiciones cristianas muy arraigadas, con sus poetas, sus músicos, sus científicos. Realidades diferentes donde la vida brota en cada lugar con sus gentes, sus tiempos, su geografía y sus propias circunstancias históricas, desde donde emanan formas del pensamiento y manifestaciones culturales distintas. Contrastes enriquecedores de la diversidad del mundo y sus gentes.

Él se nutrió de las dos culturas la murciana y la catalana, recordaba el Bar Pepe de la Torrasa, llamada la Murcia chica, donde su padre, tíos y abuela siempre vestida de negro, se reunían los días de fiesta para comer michirones hervidos y cantar en aquel bar con mesas de mármol, canciones de la Niña de la Puebla, Rafael Farina, Juanito Valderrama; por Navidad disfrutaba con las “Nochebuenas” de panderetas, zambombas, villancicos navideños y el pavo que enviaban del pueblo cada año y que su padre se encargaba de matarlo. Y también se nutrió de las costumbres catalanas, de su historia, su cultura, las sardanas, de sus personajes Pau Casals, Gaudí, Domènench i Montaner, de la nova cançó catalana. En su acervo interior convivían amistosamente los dos mundos y las dos culturas, que no eran excluyentes al contrario lo enriquecían.

Llegado a la Estación del Carmen en Murcia, donde recientemente los vecinos fueron también víctimas de la represión de la policía por una reivindicación de soterramiento de las vias del tren del AVE, allí lo esperaba su primo Juan, con él que había tenido sus diferencias en el último viaje en cuanto a lo que ocurría en Cataluña, pero no iba a visitar a su familia y amigos con ánimos de discutir sino de compartir y contrastar las diferentes realidades que se vivían en Cataluña y el resto de España. Se dieron un abrazo, conversaron durante el trayecto hasta Archena. José Ramón se alojó en unos Apartamentos, pidiéndole a su primo si al día siguiente podían visitar el Valle de Ricote.

Valle del Ricote

Salieron de Archena hacia las diez de la mañana en dirección al Valle del Ricote. Recorrer esa parte de Murcia lo sumergía en un paisaje de contrastes donde las montañas áridas resaltaban con el verde de la vega del Rio Segura, con sus palmeras, limoneros y frutales que le daban un encanto natural alejado del hormigón y asfalto de las ciudades. Pasaron por Ulea, Villanueva, Ojós, Ricote, y llegaron a Blanca, un precioso pueblo de casas bien cuidadas con sus geranios en los balcones. Durante el camino mantuvieron conversaciones amables, sobre la familia, los hijos, hasta el momento no había surgido el tema sobre Cataluña. Al comienzo del recorrido por el bello pueblo de Blanca, José Ramón aun recordaba 13833235731121383323572874la última visita y sus preciosas calles enturbiadas aún con los nombres de los golpistas franquistas contra la República Española en 1936. Los nombres de las calles estaban dispuestas de tal forma que a la Plaza 18 de Julio iban a desembocar los militares golpistas, por el este, la calle del Generalísimo a la que se unía la calle de los Héroes del Alcázar de Toledo, la de García Morató; por el sur la calle José Antonio; por el oeste General Mola y Queipo de Llano, flanqueadas por la calle Amargura y la calle Angustias pasando también por la Pl. Calvo Sotelo. Los nombres de Amargura y Angustias daban fe de la cruel historia de la guerra civil aún anclada en la realidad de las calles de Blanca. Se dirigieron hacia ellas, en el año 2016 se procedió al cambio de los nombres de cuatro calles. Su primo Juan que estaba próximo a las posiciones de Izquierda Unida, comentó con su simpático tono murciano:

-¡Pijo! Ya sabes que Murcia está dominada por el Partido Popular desde hace muchos años y a la gente le da igual todo.

– Si, ya lo veo, una triste realidad que se mantengan los nombres franquistas y los miles de desaparecidos republicanos aún estén en las cunetas.  Hasta se han atrevido a inhabilitar  al Juez Garzón por intentar hurgar en ese pasado franquista.

José Ramón esperaba que de un momento a otro surgiera el tema catalán pues hasta el momento se habían mantenido prudentes sabiendo las posiciones de cada uno, pero con la visita por las calles de Blanca se habían adentrado en los asuntos de la política, y entraron en un bar a tomar una cerveza. (Continuará)

 

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Comments 4

  1. Hola Pepe, me ha encantado el nuevo capítulo. He estado en Murcia y en Blanca, sin haber viajado. Lastimoso y cabreante el tema del callejero franquista, saltándose la Ley de Memoria Histórica. No pares, sigue, sigue. Un abrazo

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