Un dia de Agosto….”La ciudad y las personas- Cap.XL”-

Jose Molina Ayala Historias de la ciudad, la ciudad y las personas, Relatos Dejar un Comentario

 

Los hechos, experiencias y recuerdos van tejiendo nuestras vidas, conformando un pasado y una identidad que nos hace continuar caminando tanto en el ámbito individual como en el colectivo. En el tiempo vivido hay hechos que también curtieron nuestras vidas pero que por su naturaleza  quedan agazapados en los rincones de nuestra memoria.

Hoy me dispongo a reconstruir unos hechos ocurridos en 1984 que dejaron sus huellas a los que tuvimos que vivirlos, huellas que el tiempo ha ido borrando y que a través de estas palabras rescato para  liberar sentimientos que quedaron ocultos y que pedían salir a la luz.

Los días, las horas y los instantes se suceden unos a otros y nunca sabes lo que las circunstancias te pueden deparar en cada momento. Tal vez sea esa la riqueza de vivir la vida, las incertidumbres.

Uno vive como puede y le dejan pero la vida dispone de nosotros al margen de nuestras voluntades. En un instante de cualquier día, la vida te puede sorprender con hechos o acontecimientos que van forjando nuestras propias historias. Todos de alguna manera hemos vivimos momentos de alegría, de felicidad pero también de dolor y tristeza que nos han servido para hacernos más fuertes ante las eventualidades de la vida.

Por suerte muchos son los momentos felices que acontecen en nuestras vidas, pocos los que se congelan en nuestra memoria  y estos, la mayoría están relacionados con la muerte, si esa muerte que tanto nos espanta pero que llevamos dentro y nos incita a vivir la vida intensamente en cada instante, en cada momento, en cada circunstancia.

Eso es lo que me dispongo a contar en este relato, reconstruir unos hechos que ocurrieron hace muchos años, y que en muy pocas ocasiones me he atrevido a recordar y lo haré de la forma más cuidadosa para pulir con el cincel de las palabras esos momentos de angustia y de incertidumbres para no herir sentimientos ni sensibilidades.

Ocurrió en Agosto de 1984. En ese mes  mi mujer Manuela, nuestro hijo Raúl de dos años  y nuestros entrañables amigos del barrio Fernando y Pilar con los que nos unían una gran amistad, fuimos de vacaciones con mi coche Renault. Primero pasamos unos días en el pueblo de mis antepasados Archena (Murcia), y luego fuimos al País Vasco la tierra de Fernando. Fueron unas hermosas vacaciones en la que disfrutamos de los contrastes de las zonas áridas y los vergeles de la vega del río Segura  y también del verde de las montañas del Pais Vasco, la belleza de la ciudad de San Sebastián, su casco antiguo; el Rio Urumea y la playa de la Concha coincidiendo esos bellos paisajes con la alegría de la Semana Grande donde las calles bullían con las fanfarrias y las tascas llenas de gentes que disfrutaban con las tapas y txiquitos. En aquellos años, las tensiones políticas que se vivían en el País Vasco, se hicieron sentir con  manifestaciones y altercados en el centro de la ciudad. Sin embargo los incidentes no impidieron que disfrutáramos de sus fiestas, sus paisajes y de sus gentes. A finales de mes las vacaciones tocaban a su fin y nos disponíamos a volver a Barcelona.

El sábado 25 de agosto a primera hora de la mañana, después de despedir a la madre de Fernando en el barrio de Amara, que nos deseó un buen viaje, salimos de San Sebastián  por la nacional pasando por los pueblos de Tolosa,  Ibarra, Lekumberri, Irutzun, dejamos atrás la Navarra montañosa y verde y al llegar a Pamplona, nos adentramos en la zona desértica y plana  de la Ribera.  Lo hicimos por la Nacional 121 en lugar de acceder a la Autopista hacia Zaragoza, queríamos comer en Tudela, pasamos por los pueblos de Tafalla, Olite, Caparroso.  Fernando iba de copiloto, Pilar, Manuela y Raúl detrás, íbamos distendidos, felices, habíamos pasado unas buenas vacaciones.

Al mediodía, antes de llegar a Tudela, a la entrada del pueblo de Valtierra en la misma nacional 121, en una recta vimos a lo lejos un hombre en la mediana de la carretera que parecía que atravesara la calzada dirigiéndose hacia la izquierda de nuestra trayectoria, en aquel tramo el límite de velocidad era de 90 Km/h, yo iba a menos pero por precaución reduje la velocidad. Sin embargo al llegar casi a su altura, ante nuestra sorpresa se volvió hacia atrás, dirigiéndose hacia el coche directamente, obligándome a realizar un giro brusco del volante hacia la derecha para evitar la colisión. El hombre se golpeó con el lateral izquierdo del vehículo, saltó por el aire y chocó contra el parabrisas dejándolo en mil pedazos, el vehículo derrapó hacia la derecha colisionando con la placa que anunciaba el pueblo de Valtierra, y un límite de velocidad de 60km/hora allí quedamos parados al borde de caer a un pequeño terraplén.

El hombre quedó tendido en el suelo a unos cinco metros del coche. Aquellos instantes fueron tremendos, los peores que he vivido en mi vida. La incertidumbre se adueñó  de mí, necesitaba resolverla lo más rápido posible, no había dilaciones, tenía que ir al lugar. ¿Estaba muerto o vivo?  Solo me cabía en la cabeza encontrar con vida aquel hombre. Esa era la única opción en la que pensaba.  Bajé del coche, me dirigí hacia el hombre tendido en el suelo, aquella distancia de cinco metros se hizo eterna.

El hombre yacía boca abajo, estaba muerto. El mundo se me derrumbó a mis pies, pasé a otra dimensión mental de la que era difícil explicar y que aún hoy es indescriptible. Fernando llegó al momento, también se quedó paralizado. Creo recordar que no pronunciamos ninguna palabra. Un vacío interior de desolación se apoderó de mí en el que las palabras no tenían cabida. Mi mujer también salió del coche desesperada. Pilar se quedó dentro todo el tiempo con Raúl, hablándole y contándole cuentos, para distraerle de lo que había acontecido. Nunca tendré palabras de agradecimiento a nuestra querida Pilar. Manuela pidió ayuda a los coches para que llamaran a la Guardia Civil.

A continuación, ausente y absorto por la muerte de aquel hombre, acudieron al lugar  la Guardia Civil,  me tomaron declaración en el coche de patrulla, hicieron la prueba de alcoholemia saliendo negativa pues solo llevaba en el cuerpo un pequeño desayuno. Siempre agradeceré la atención que me prestó la Guardia Civil  y sus palabras de tranquilidad. Luego acudió el Juez para levantar el cadáver, y la ambulancia para llevárselo, pero esas imágenes no las recuerdo, tal vez estaría en el coche de patrulla o quizás las he borrado de mi memoria.

Aquel día coincidía con las fiestas del pueblo de Valtierra desde la que acudieron gentes del pueblo al lugar del accidente. Pasadas unas horas, quedó  todo despejado, antes de volver a coger el coche  para dirigirnos a Tudela a que nos colocaran un nuevo parabrisas, un hombre amigo del fallecido se acercó a mi diciéndome ¡Ya se lo teníamos dicho, algún día vas a tener un disgusto! Y en ese momento me daba como recuerdo un encendedor de la víctima que lo había encontrado por el suelo. ¡No gracias! Le dije.

Emprendimos el viaje hacia Tudela sin parabrisas, mi compañía de Seguros a la que había avisado la Guardia Civil hizo los trámites con un taller para que colocaran un nuevo parabrisas. Eso llevaría varias horas, entretanto fuimos a un Restaurante para comer algo, en aquellos momentos lo último que quería era comer, junto al Restaurante unos hombres jugaban al frontón. Estábamos en silencio en la mesa mientras las gentes nos miraban reconociendo que éramos los del accidente. La noticia se había extendido con rapidez.

Una vez reparado el parabrisas, reiniciamos el viaje a Barcelona, saqué fuerzas de donde no las había, tenía que hacerlo, tenía que volver a conducir el coche, teníamos que llegar a Barcelona.  Después de largas horas de viaje soportando los destellos de las luces que nublaban mi visión, llegamos exhaustos a altas horas de la noche. Había vivido el peor día de mi vida.

En el libro autobiográfico Detrás del Muro, ya señalaba que los hechos escogen los días. Aquel 25 de Agosto el azar escogió ese día soleado, despejado y con buena visibilidad como indicaba el atestado de la Guardia Civil. Aquel día me refugié en las cavernas oscuras de mi interior. Atravesé el imaginario muro de los accidentados y pasé al otro lado donde uno nunca quiere verse. En un instante pasé de la placidez del que vuelve de unas buenas vacaciones al dolor de la muerte. Desde el primer momento sentí como si entrara en una película de ficción pero cuyos personajes eran reales. Me ausenté del momento, me ausenté de mi existencia. Pero no era una ficción era yo, mi mujer, mi hijo, y mis amigos. Camino de Tudela, no notaba el viento. Los chopos, los caminos, los pájaros, no parecían existir; solo existía mi dolor y aflicción.

Hubiera querido que aquel día no hubiera amanecido, pero amaneció. Hubiera querido no haber cogido el coche a esa hora, pero lo cogí. Hubiera querido ir por la autopista, pero fuimos por la nacional. Hubiera querido que ese día fuera otro día, pero fue ese día. Hubiera querido que todo fuera diferente a como fue. Pero fue como fue. Y a las 13,15 del 25 de agosto en la nacional 121 a la entrada del pueblo de Valtierra camino de Tudela, el tiempo se rompió en mil pedazos esparcidos en mi memoria y en aquella carretera silenciosa protagonista del día más triste de mi vida.

Días después aparecieron los interrogantes ¿Qué había ocurrido realmente? ¿Aquel hombre por qué volvió hacia atrás y se lanzó sobre el coche ? ¿Se quería suicidar? ¿Se asustó al ver el coche próximo y en lugar de huir se lanzó sobre él? ¿Tenía alguna dificultad física o psicológica? ¿Podía haber evitado el accidente? ¿Tendría que haberme parado en medio de la nacional? Todas estas preguntas no tenían respuestas.

En los Juzgados de Tudela se abrieron diligencias, y mediante sentencia de ocho de octubre de 1985 se me absolvió de los hechos. Las responsabilidades penales quedaron dirimidas, sin embargo los sentimientos de culpabilidad continuaron circulando por los laberintos del inconsciente. El hombre que quedó en la carretera se llamaba José C.I., tenía 79 años.

Han pasado más de treinta y cuatro años de aquel 25 de Agosto de 1984 tiempo suficiente para que las palabras extraigan de las cavernas de los recuerdos, hechos que nadie hubiera querido vivir pero tuvimos que vivirlos. Aquel día  descubrí que el ser humano ante cualquier circunstancia difícil o trágica extrae desde lo más profundo de su ser la energía y la fuerza necesaria para hacerles frente  con la máxima dignidad y sobre todo para continuar viviendo.

Al año siguiente la vida nos regaló la llegada de nuestra hija Alba.

Barcelona, a 30 de Octubre de 2018

Vaya este relato en memoria de nuestros queridos amigos Pilar y Fernando.

Gracias Pilar, Gracias Fernando por vuestro cariño, tolerancia, dignidad y respeto y por el tiempo que compartimos juntos.

 

Pdta.

En España en el año 2017 según la DGT, se produjeron 102.233 accidentes de tráfico con 1830 muertos y 139.162 heridos. Según la OMS (Organización Mundial de la Salud) cada año en el mundo mueren en las carreteras cerca de unas 1.250.000 personas y entre 20 y 50 millones padecen traumatismos no mortales. Millones de tragedias y dramas humanos, la nueva peste de nuestro tiempo.

 

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